La prueba de crecer superando al dolor

El proceso del duelo, de imprecisa duración, tiene varias etapas: conmoción, confusión, búsqueda, desesperanza, desorganización, enojo.

Todo eso puede revertirse cuando se logra aceptar la ausencia y se asume que el dolor puede ser una oportunidad para crecer.

Ricardo Aure, raure@lanueva.com.ar La Nueva Provincia, edición impresa Domingo 25 de septiembre de 2011

El duelo se inicia tras una pérdida muy significativa.

Alicia García, médica endocrinóloga y terapeuta en duelo, afirma que desde el dolor pueden darse las oportunidades de ser más flexible, de vencer la desesperanza, de aprender y crecer:

La tristeza tiene que afrontarse, pero como en general nos “venden” que todo debe ser maravilloso y que nada de lo que tanto nos gusta se terminará, nos llenamos de omnipotencia; creemos que sabemos manejar todo, pero de pronto una enfermedad o la muerte de un ser querido nos hunde en la impotencia total. Lo cierto es que no estamos listos para la adversidad.

Aunque todos sabemos que llegará, ¿a quién le gusta hablar de la muerte? A casi nadie y así, en un intento de evitar tratar lo inevitable, se levantan muros que, por más altos y fuertes que sean, sólo pueden agigantar las debilidades que dificultan el duelo.

Para la psicóloga Diana Liberman, el duelo implica una serie de reacciones físicas, emocionales y psíquicas que provoca una pérdida, primordialmente la muerte de un ser querido, hecho que generó la mayor cantidad de consultas recibidas en sus 13 años de trabajo e investigación en esta problemática.

En el primer momento, las sensaciones son tantas, y tan abrumadoras, que se mezclan las del dolor por quien ha muerto y por quien sufre la pérdida, aunque al final Liberman concluye que siempre se termina sufriendo por uno mismo.

Mientras unas personas se paralizan desde el principio; otras, que parecen seguir sus vidas como si nada hubiera pasado, finalmente se derrumban por todo lo que les produce la ausencia.

En un proceso normal, Liberman considera que un duelo se extiende entre uno y dos años, pero que puede complicarse cuando se posterga o se estanca, y hasta volverse crónico.

Si se intenta huir del dolor propio, éste corre mucho más rápido, por eso hay que vivirlo y enfrentarlo para superarlo.

Cuando una persona está en soledad interior, cree que nadie tiene nada para decirle y ahí aparecemos los ayudantes del duelo.

La muerte, según las culturas y las creencias, se muestra con las más diversas concepciones. Para las filosofías orientales, e incluso para los ancestros aborígenes, representa un pasaje natural hacia otra vida o plano. Por lo tanto, no es lo mismo hablar de morir que de partir. El duelo, en cambio, es diferente para quien la muerte es definitiva y dramática.

Alicia García advierte que el duelo, cuando no se expresa, puede transformarse en una enfermedad. Por eso resalta el valor de trascender esquemas mentales rígidos, porque afirma que muchos aún imponen el “de esto no se habla más…”.

Nuestra tarea, que es psicoprofiláctica, trata de ser preventiva, y de alertar de todo lo mal que produce el no expresarse en el duelo. Obviamente que deben respetarse las creencias, que ante la muerte, en muchos casos también entran en crisis porque ir a la iglesia y rezar no siempre alcanza. Diana Liberman rescata otras posturas, por caso las budistas o las de la cábala hebrea, como maneras espirituales de ampliar recursos para enfrentar los duelos en quienes sostienen que quien se muere “no está más y que ahora su vida no tiene sentido”. Piensa que uno puede seguir conectado con su ser querido de múltiples formas, aunque éste ya no esté físicamente.

La fortaleza espiritual ayuda a asumir que la muerte de un ser querido es una partida que se adelantó a la de uno mismo. También ayuda a pensar en la propia muerte, la que nunca queremos representar. Pero eso no es nada fácil, sobre todo para nuestras creencias, porque a quien nos da placer lo queremos para siempre.

De allí la clave de comprender que todo es pasajero, que está en préstamo, que hay que saberlo disfrutar. Y cuando ya no está, entender que lo que hemos vivido junto al otro será nuestro para siempre.


La viudez

Liberman dice que después de compartirse toda una vida con quien ha muerto es como volver a parirse de golpe, especialmente en las viudas, que deben repensarse porque su identidad compartida cambió de repente. Unas lo pueden hacer solas, otras cuentan con una red social o familiar, y muchas otras no tienen cómo.


Trabajamos con las emociones a flor de piel
y acompañamos a las viudas para que resuelvan situaciones prácticas, por caso la soledad, los fines de semana y la economía. Una viuda que nunca fue al banco, no sabe usar el cajero automático porque de eso se encargaba su marido y está tan vulnerable que ese tipo de situaciones la vuelven a llevar a lo que perdió.

Alicia García explica que el dolor está lleno de pequeñas cosas que lo agrandan y que por eso muchas viudas se sientan vacías, abandonadas y no se animan a salir solas.

¡Estas son cosas de hombres!, repetía una señora cuyo auto se había quedado sin batería. En realidad quería decir que para solucionar ese problema allí debía estar su marido. Y, para poder ayudarlas mejor, hay que captar todo eso.

Los niños

Diana Liberman y Alicia García llegaron a Bahía Blanca como parte de una tarea que se proyecta a la capacitación de profesionales y de educadores que están en contacto con niños y adolescentes para asistirlos ante el duelo.

Seguras de que, aun con las mejores intenciones, es erróneo tratar de contener a un chico en duelo ocultándole las verdades dolorosas, enfatizan que la mejor manera de ayudar es permitirle que exprese sus emociones. Por eso convocan a los adultos a prepararse para darle ese tipo de oportunidades al niño para que, aparte de aprender todo lo que la currícula del colegio le enseña, sepa reconocer sus emociones y no las reprima.

Los niños que encuentran un lugar para hablar del dolor no sienten la muerte como un drama y la toman con mayor naturalidad. Sufren, por supuesto, y el duelo tiene sus características según la edad.

La pérdida de una mascota resulta una de las situaciones más comunes en un niño, pero el papá, para que no sufra, enseguida le compra otra, y si es posible antes de que se entere de la muerte.

Muchos adultos creen que así evitarán el dolor. No se trata de que sufra más, pero debe darse cuenta de la ausencia. Hay formas de explicarlo. Los chicos se ponen peor cuando advierten que se les miente o que se les oculta lo que pasó.

Decirle la verdad en su punto justo le permitirá asumir la realidad con más naturalidad y los irá fortaleciendo para afrontar otras pérdidas, señala Alicia García.

Los adolescentes

En una etapa de por sí muy compleja, la adolescencia tiene pequeños y constantes duelos, por lo cual la pérdida de un ser querido puede generar exageradas reacciones emocionales, difíciles de abordar por padres y educadores.

Diana Liberman advierte que un duelo muy difícil es el de un hermano.

Por un lado, no quieren hablar con los adultos, pero por otro tienen la facilidad de expresar, de resignificar las cosas muy pronto y de compartirlo todo con los amigos.

El adolescente tiene otra capacidad. Puede estar llorando su pérdida a la tarde, pero a la noche disfruta de una fiesta. Los adultos quedamos más pegados al dolor y a la culpa.

Un hijo

La pérdida de un hijo se enfoca como la alteración de un orden natural porque, por lo general, los padres se mueren antes.

Liberman la llama pérdida fuera de tiempo y admite que es devastadora.

Uno nunca puede prepararse para eso. Aunque esté entrenado para acompañar en el duelo, frente al suyo propio necesita ayuda. Aunque la pérdida sea tremenda y nos atraviese, afrontar un duelo no significa perder el amor y un buen homenaje para quien tanto queremos y ha partido, es superar las ganas de morirnos, y continuar.

Más allá de la muerte de un ser querido, también entramos en duelo cuando se quiebra una relación afectiva, se sufre el despido del empleo, o se pierden el nivel económico, la salud y el tesoro de la juventud. Todo eso forma parte de la vida y ésta, con cada adversidad, aunque parezca devastarnos, nos desafía a fortalecernos y a crecer.

Claves

  • Ante una pérdida, tratar de expresarse, de buscar personas que puedan y sepan escuchar y contener.
  • Para ayudar, resulta vital acercarse sin tratar de modificar conductas. Evitar criticar o calificar y estimular la creatividad.
  • Tiempo

  • 1 a 2 años es el período que Diana Liberman le asigna al duelo si media un justo trabajo de acompañamiento.

El divorcio

Con características particulares, el divorcio también necesita de un duelo. Alicia García dice que no siempre se considera irreversible y que deja márgenes para la posibilidad de recuperar el amor perdido.

Respecto de los hijos de divorciados, cree que entran en duelos importantes, y que también ellos pueden llegar a esperanzarse en una reunión de sus padres.

Protagonistas

  • Diana Liberman se recibió de psicóloga en la Universidad de Buenos Aires, en 1978. Se formó en el psicoanálisis y en terapia sistémica. Se capacitó en Palo Alto (Estados Unidos). Es la fundadora de Duelum, primer centro profesional argentino de la pérdida y el duelo. Es autora del libro Es hora de hablar del duelo, publicado en 2003 por la Editorial Atlántida.
  • Alicia García es médica endocrinóloga por la UBA, tiene un posgrado en terapia familiar sistémica especializada en duelo.
  • * Convocadas por el Centro Dynamis de Asistencia y Formación Cognitiva, a fines de agosto presentaron en Bahía Blanca un curso de duelo en niños y adolescentes para psicólogos, psicopedagogos, asistentes sociales y docentes.

La terapia

  • En Duelum, con sede en Buenos Aires, se desarrolla una tarea clínica de atención y otra de formación. En cuanto a quienes buscan ayuda ante un duelo, tras una consulta psicológica, se les propone un plan un trabajo muy activo que incluye diversas tareas creativas.
  • Primordialmente, se busca potenciar los recursos de cada paciente que cumple su terapia individual una vez por semana y las grupales, cada 15 días. Este tipo de servicios aún no se cumple en Bahía Blanca.

Ver nota original en www.lanueva.com

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