Es hora de hablar del duelo

Es hora de hablar del duelo

Del dolor de la muerte al amor a la vida. Diana Liberman 219 páginas – Editorial Atlántida, 2007


Prólogo por Rabino Sergio Bergman

Diana Liberman nos propone que es hora de hablar del duelo. El libro sobre la muerte que se abre ante tus manos es un desafío para que tus manos inscriban un libro de vida.


Diana propone un amoroso, valiente y necesario camino del dolor de la muerte al amor a la vida. Un camino que desde su ciencia terapéutica que despliega con saber profesional, abre espacios de conciencia espiritual en la que no solo comparte contigo como lector la inteligencia del conocimiento del ser social, sino lo que es tanto más valioso, comparte la sabiduría de hacernos humanos en el devenir del duelo.

El duelo como experiencia de dolor que aun siendo tan negada, rechazada y no querida, no la hace menos relevante para que sea aceptada, integrada y aprendida como experiencia de humanidad que se articula en el límite entre la vida y la muerte donde siendo finitos, mortales, y concientes abrimos puentes culturales con lo trascendente.

El duelo se plantea desde una experiencia existencial de aquello que duele por la perdida que impone la muerte. Duelo del dolor que no puede cesar y que como una sombra siempre contigo estará.

Un camino de aceptación en la que no se trata de la resignación sino una resignificación de que hacer con el dolor.

Dolor que duele y que carga en la mochila de la vida sobre tus espaldas, un peso inimaginable con el que sentís en el primer instante que no vas a poder ya levantarte ni caminar. El duelo del dolor que pesa tanto, y que por ello todos aquellos que quieren compartir tu peso, te dan su pésame, su vocación de repartir el pesar, para alivianar, aligerar tu carga, tu imposibilidad de transitar.

Solo aquel que tiene la experiencia del dolor sabe que el duelo es íntimo y propio, que es necesario el consuelo, pero que la mochila es de uno y que nadie carga con el peso ni el pesar de uno. Necesitamos del aliento, el amoroso apoyo, pero cada uno a su debido tiempo y por caminos que serán tan desconocidos como misteriosos, uno encontrara las fuerzas aun con la sombra del duelo que llevaremos siempre, para ponerse de pie y fortalecer los músculos del espíritu para cargar el peso del dolor y volver a la vida a caminar, por nosotros en el duelo y por ellos en la bendición de sus memorias por las que dedicamos nuestros mejores esfuerzos para continuar la marcha en la vida a pesar del pesar, con el dolor del duelo, pero fundamentalmente con el amor que no muere.

La muerte se presenta entonces como una experiencia de vida. En este valioso libro podemos recorrer de la cálida mano de Diana un camino para el encuentro con las sensaciones de dolor que desplegamos ante la perdida de seres queridos. Escuchamos también su amorosa voz que dice no solo aquello que viene de la sabiduría de las experiencias de vida de la práctica terapéutica, sino que enriquecido por el conocimiento científico de la academia hace una síntesis en lo que llamo sabiduría universal de la espiritualidad humana.

El espíritu del ser humano es la energía y la potencia que nos permite hacernos y devenir humanos en la construcción cultural y social de sentido.

Las tradiciones y religiones han desarrollado en su contribución al acervo de la civilización humana, una rica simbología, rituales, contenidos y tradiciones que han acompañado por generaciones nuestra humanidad. Sin embargo, la muerte tan antigua como nuestra propia existencia humana que es mortal, no deja de ser una irrupción nueva y súbita frente al mundo que hemos construido, principalmente en occidente a partir de la artificialidad de nuestra representación lineal del tiempo y nuestra soberbia ilusión de soberanía del espacio. Sabemos de la muerte, pero al mismo tiempo la negamos. La muerte entonces, sabida y negada simultáneamente, siempre está oculta y cuando se nos manifiesta irrumpe, brota, sacude, desarma, desorganiza la lógica y el sentido de un mundo que sin ser real, hemos construido como inmortal, un mundo en el que la muerte no tiene lugar, y por lo tanto su irreverente presencia genera la frustración, la bronca impotencia y rebelión de nuestra razón argumentando las preguntas mas intimas de sentido de la existencia frente a la que la muerte no solo mata al ser que parte, sino que nos mata la razón para toda respuesta y destroza el corazón sin reparación ni enmienda.

En la propuesta de Diana Liberman el término resiliencia abre un abordaje hermenéutico y terapéutico para interpretar y guiar un camino hacia la recuperación emocional que no es otra que restituir la integridad espiritual de nuestra experiencia de ser humanos. La muerte es una experiencia de vida. Nos hace humanos en el limite tanto mortal de imponernos como verdad inexorable que lo mas preciado y querido, quienes amamos, parten sin razón destrozando el corazón, y sin justicia desintegrando la linealidad de la razón. Causa y efecto quedan fuera de la lógica en la que vida y muerte son una unidad indivisible, hermanadas en el origen mismo con la única certeza que en lo humano nos hacemos: finitos y mortales, venimos a este mundo y lo único certero es que de este mundo partimos. El paréntesis entre la eternidad de la que venimos y a la que nos dirigimos, es el tiempo otorgado como bendición que llamamos vida, pero que tiene inscripto, encriptado y no siempre decodificado el signo de la muerte que vamos desplegando simultáneamente cuando vivimos.

Entendida de esta forma la muerte, ella estará integrada a la vida misma, y aun con nuestros ojos ciegos a su sombra siempre presente, la negaremos reiteradamente hasta que se haga presente con la contundencia de lo irreductible, entonces y solo entonces tendremos en nuestra vida experiencia de la muerte.


Para transitar el duelo que la muerte impone, ninguna anticipación teórica disminuye el dolor, ni asegura un camino. No hay atajos, ni recetas, ni consejos sabios que no sean aquellos que ayuden a caminar con dolor en la sombras de la oscuridad del duelo hasta encontrar la luz que no cancela ni el dolor ni la muerte, sino que permite ver su sombra, e integrar en el recuerdo y en la construcción de la memoria aquello que nos hace humanos y al mismo tiempo tan finitos como eternos, el amor, con el que hemos amado y fuimos amados por aquello que lloramos, pero que sus existencias en ese amor que continua no se extinguen totalmente con sus cuerpos.

El termino psicoanalítico de resiliencia, es en el trabajo espiritual equivalente a hacerse humano frente al dolor que la muerte impone, aceptando que frente al absurdo de la muerte no es la razón para entender el porque sino el corazón para afirmar el amor lo que nos permite responder existencialmente a la perdida con la trascendencia del ser que ya partió. Hay una parte de cada uno de nosotros que muere con los que parten como así también hay una parte de quienes parten que no muere ya que vive en nosotros.

Este intercambio de existencias lo hace posible el amor y en este amor se construye la trascendencia. Quienes somos creyentes, le pedimos a Dios que nos ilumine en este camino, pero no es una tarea divina, sino humana, social, cultural, un dedicado trabajo espiritual para hacerlos eternos y transformar la maldición de la muerte como perdida en la bendición del amor construyendo sus memorias.

La recuperación que Diana Liberman propone cuando afirma que es hora de hablar del duelo, es aquella que afirma con valor y coraje, que hablar es poner en palabras aquello que aun sin ser nombrado totalmente nos permite estar comunicados, articulados, conectados en códigos compartidos y aun estando partidos por el dolor y la ausencia de palabra que diga el sentir, arriesgar la palabra como acto de reparación. Una reparación que no es restitución de la pérdida, sino reconstrucción de sentido frente al desconsuelo de la muerte.

La perdida no es reparable, el consuelo no llega, y el sentido se ha perdido.

La muerte desarraiga toda la existencia y por ello la muerte es una experiencia de vida. La transitan los sobrevivientes ya que quienes mueren entran al misterio de lo que sucede luego de la muerte y este campo del saber ya no es humano ni social, es de la soberanía ya no de lo que sabemos sino de aquello que creemos. así se nos pide frente a la muerte que no nos aferremos a los cuerpos, sino que afirmemos la raíz de nuestras creencias hasta que una suave y silenciosa paz vuelva a nuestro corazón. Pero para afrontar lo que sucede en la experiencia de lo real, las creencias, la cultura, lo social, las ciencias y la conciencia son recursos para reconstruir y reparar el sentido del vivir que la muerte también aparenta destruir. Es frente a la muerte que no solo se revela el absurdo del morir sino que pierde también sentido la vida. En la hermenéutica y la terapéutica que en el libro de Diana Liberman se propone, ni la muerte ni la vida tienen sentido, es nuestro desafió humano y existencial otorgarle sentido tanto a la vida como a la muerte.

La acción espiritual de reparación se recorre en los diferentes capítulos del libro presentándonos topologías y casos frente a los distintos tipos de duelo en diferentes circunstancias de muerte y como en cada una de ellas pueden desplegarse estrategias para abordar los tiempos sus duelos y las características especificas de cada uno de estos contextos. Se hace referencia también a los mitos del duelo y sus verdades latentes encontrándose en este punto una confluencia entre lo que las ciencias sociales han desarrollado en sus encuadres sistémicos como terapéutica y las tradiciones espirituales abordan desde sus tradiciones culturales.

El entramado que abre el libro es un inicio, una apertura en el tiempo pro la cual muchos nos sentimos llamados a contribuir a una conversación multicultural e interdisciplinaria que nos convoca a diferentes abordajes de aquello que nos hace a todos humanos por el igual, el desafió de integrar la muerte a nuestras vidas y dar una respuesta de sentido trascendente. Es en este punto donde finalizo con mi presentación, ya que es en realidad donde debemos comenzar.

Es hora de hablar del duelo.

Frente a la experiencia de la muerte tenemos dos opciones, preguntarnos las razones y el porque, sabiendo desde el principio que aun cuando nuestras preguntas fueran contestadas nuestro dolor no cesaría, o bien en lugar de preguntar el porque trabajar el duelo para reparar de las preguntas sin respuestas a una respuesta sin pregunta. Responder a la muerte desde el amor que no muere y desde esta experiencia que nos hace definitivamente humanos. Es cierto con dolor de duelo aprendimos que ser humano es ser mortal, pero también en el duelo descubrimos que ser humanos es amar y ser amados, así se nos devela que la muerte no mata el amor.

El amor es la experiencia humana que nos hace eternos viviendo ya no solo en un cuerpo sino en el alma de los demás, por amor venimos a este mundo, por amor aun cuando partamos de este mundo en quienes amamos nos podremos quedar.

Amor, nos hace tan humanos como divinos, nos otorga sentido inmortal.

Rabino Sergio Bergman