El peso simbólico de la herencia

Ocurre hasta en las mejores familias:

al morir los padres, los objetos que quedan de ellos producen una serie de conflictos entre los hermanos, ya adultos, aún en aquellos que tenían una excelente relación.

¿Por qué? ¿Cuál es el peso simbólico que cargan esos objetos?

El peso simbólico de la herencia

Por Alejandra L. Urroz

    La muerte de uno de los padres es una experiencia tan límite en la vida de un adulto que, según afirman los especialistas, logra dejar al desnudo, como nunca antes, la calidad misma del vínculo familiar.

    En este tipo de pérdida retorna, como un viejo fantasma arcaico, no sólo lo que ocurría entre ese padre o madre con ese hijo o hija cuando eran niños, sino que aparecen también los hermanos en medio de ese vínculo, como en un juego de luces y sombras.

    Pero ¿qué es lo que retorna de esa trama familiar al morir uno de los progenitores? Lo más primario y elemental que constituyó a la persona desde pequeña: el amor o el desamor que recibió.

La lucha por el afecto

Oscar R. Suárez (49), empresario deportivo, cuenta que, cuando murió su madre y su hermana llegó al velatorio,

“el cajón estaba cerrado, por orden mía. Ahí empezaron los problemas con mi hermana. Quería que abriera el cajón. Discutimos fuerte. Finalmente, dejé que lo abrieran. Desde el mismo día, mi hermana y yo no nos hablamos.”

Según afirma el Dr. Juan Manuel Bulacio, psiquiatra,

“hay un concepto etológico, del cual nos apropiamos en psicología, que es la lucha por el espacio, que es formativa en el vínculo de los hermanos, en cuanto al significado que cada uno le va dando a ese espacio. Y ahí es donde se despliega esa lucha por destituir al otro. Es común que dos hermanos, ya mayores, se sinceren: cada uno creía que el otro era el hijo preferido.”.

Oscar, luego de la muerte de la madre (el padre había ya fallecido hacía cuatro años) y de los conflictos tan agudos que tuvo con la hermana – debió intervenir un juez por el reparto de los bienes- comenzó una terapia psicológica. Oscar recuerda esos momentos:

“Pero sobre todo, lo que más nos enroscó fue una mesa ratona. Esa mesa era mi mamá. Al final, se la gané a mi hermana. Después de tanta pelea por esa mesa, la regalé. Y hacerlo fue un enorme alivio para mí. Recién ahí, sin todo ese absurdo en el medio, me di cuenta de cuánto la quiero a mi hermana”.

Duelo, posesión y abandono.


Según la Lic. Diana Liberman,
especialista en duelo, una cosa es saber la muerte; otra, aceptarla. Al principio, el tiempo se congela junto con los objetos. Forman una unidad con el ser querido; hay un anhelo oculto de que éste vuelva. Los objetos de la persona están allí, como esperando la animación de su dueño.

Desaparecido ese anhelo, aparece la desesperanza. Es lo que los especialistas llaman ‘el momento duro’ del duelo. La aceptación de lo inevitable. Es cuando se comienza a ver a los objetos de verdad como separados del que se fue.

“Aceptar es un tiempo íntimo, emocional, más espiritual. El aceptar y distribuir las cosas, van juntos. Quien apenas perdió a su ser querido y ya está repartiendo, no puede conectarse con nada, es un acto compulsivo, y negador. En la familia se arman grupos, los que quieren y los que no quieren desprenderse de las cosas. El conflicto tiene relación con el tiempo de cada uno para procesar la muerte. Lo que se está jugando tiene que ver con los afectos, en cómo fueron repartidos por los padres. El que está listo –en esto de los tiempos- tendrá que esperar y ser solidario con el que no está listo todavía. En líneas generales, el proceso puede llevar de uno a cuatro años”.

Los conflictos entre hermanos por los objetos y bienes enlazados a duelos mal resueltos -como aquellos en los que las cosas del fallecido quedan tal cual las dejó- pueden llevar, paradójicamente, al abandono total de las cosas. Muchas casas abandonadas en la ciudad o en el campo, envueltas en un aire fantasma, tienen en realidad una historia detrás con una enorme carga emocional que ‘congeló’ el objeto.

Roxana Rizzi (45), abogada en sucesiones familiares, dice que

“siempre hay uno que está en víctima y quiere hacerle pagar al otro –al preferido de los padres- lo que éstos no le dieron en vida. Y termina ganando por cansancio; el otro cede hasta lo increíble. Legalmente –cuando no se llega a un acuerdo entre las partes- el juez taza y regula el reparto de bienes.

Pero cuando es mucho el dinero, la sucesión se complica. Los que se llevaban bien, sacan la peor cara. Aparece la maquinaria familiar, con cónyuges y demás, que echan leña al fuego. A veces un hermano quiere vender, inicia la sucesión, y el otro no quiere. Pero la sucesión se inicia y allí está la ley.

Y hay casos, en que nadie inicia la sucesión. Más tarde, lo hace algún nieto. O la propiedad queda congelada en el tiempo, nadie la reclama, los sucesores no aparecen. Queda al fisco”.

Uno reparte como vive

Liberman sintetiza esta problemática,

“uno reparte como vive. ¿Cuál es el legado de los padres? ¿De paz o de guerra? En la hora del reparto, ese legado está y es la historia de esa familia”.

Nora Di Mateo (56), bibliotecaria, la menor de tres hermanos, recuerda que su madre “se ocupó de repartir las cosas antes de morir, otras me las recomendó a mi, y según Jorge (el hermano mayor), le dijo a él que repartiera otras. Jorge repartió las sobras, según su criterio”. El hermano del medio sólo reclamó una estufa. Jorge se fue a vivir a la casa de la madre, ya fallecida.

“Estuve años pidiéndole una sopera del siglo XIX. Cuando me la dio, se la regalé a mi hija. Jorge se quedó con casi todo, ¿para qué? Hasta, creo, se quedó con una muñeca de porcelana. Mi mamá siempre estaba preocupada por Jorgito”, ironiza.

La experiencia de Nora remite a la ‘regla del apego’ con la cual el Dr. Bulacio estima la gradación afectiva:

“el que tiene una distancia muy larga respecto de la figura de apego y el que tiene una muy corta. En ambos, existen fuertes conflictos con ese vínculo. Y la principal figura de apego es la madre. El que pelea menos su espacio es quien se siente más seguro; y el que más lucha, es el más inseguro. Y está el errático, que pendula, a veces aparece y otras, no”.

Valeria Berengauz (35), terapista ocupacional, es discapacitada desde nacimiento. Tal vez por esto su padre se ocupó de enseñarle más el ‘para qué’ que el ‘por qué’ de las cosas. A pesar de tener espina bífida, ha logrado una vida autónoma. Vive sola y está en pareja. Es feliz con su profesión y se destaca en ella. Mucho antes de morir, su padre acordó con el hermano mayor de Valeria, dejarle a ella unos bienes para que

“no dependa ni de mi madre ni de mi hermano ni de nadie. Es decir, me dejó la gran responsabilidad de administrar mi vida. Y mi hermano fue inteligente en no ponerse celoso. De este modo, él también no tendría una carga encima. Nos repartimos las corbatas, naturalmente. Yo me quedé con la última foto que le saqué a mi papá. Cuando mi padre murió, mi hermano me abrazó y como nunca lloramos juntos. Cuando muera mi madre, pienso, será problemático repartirnos los discos de mi padre que ella conserva. Pero como hay muchos infantiles, mis sobrinas, seguro, serán las que los repartan”, ríe Valeria.

El ritual de las bolsas,

un consejo de la Lic. Liberman

Este ritual consiste en tomar tres bolsas. En una, guardo todo lo que quiero guardar para mí, porque las quiero tener siempre, las use o no. En otra, pongo las cosas que voy a dar o a repartir, y a quiénes. Y la tercera, es la bolsa del ‘no sé’. Esta última bolsa, pasados unos dos o tres meses, se la vuelve a abrir y se vuelven a hacer otras tres bolsas en forma indefinida hasta que se terminen. Por supuesto, jamás olvidamos que es un ritual. Pero se supone que, a la segunda vuelta, yo ya decidí, entre otras cuestiones, ese ‘no sé’.

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