“Recursos espirituales en terapia familiar” Waine Muller

Pasé los 22 últimos años acompañando a gente que sufre.

Comencé trabajando con adolescentes adictos a las drogas en Nueva York. Luego con alcohólicos, delincuentes juveniles, criminales y personas sin hogar. También trabajé con enfermos de sida y cáncer, y con adultos abusados habiendo sido niños.

de Waine Muller Artículo extraido de Tres perspectivas espirituales de la resiliencia del libro “Recursos espirituales en terapia familiar” – (Froma Walsh) Traducción: Duelum


A través de mi reflexión sobre el trabajo realizado con diversos tipos de sufrimiento humano, me di cuenta que lo que ha atraido mi atención no es el sufrimiento per se sino justamente, la tristeza, la pérdida y el dolor. Si miramos con atención conciente y compasión profunda de que modo el dolor nos es dado a cada uno, inevitablemente comenzaremos a comprobar la naturaleza del mismo. Comprobaremos que siempre estamos expuestos a angustias inesperadas en nuestra vida.

Una de las cosas que aprecio de Buda es su coraje. La historia de la iluminación de Buda es mítica y es relatada del mismo modo que lo es la historia del nacimiento de Jesús. El joven Siddharta, luego de haber crecido viviendo en un palacio, cuidado por sus protectores padres de las amenazas del mundo exterior, un día emprende un viaje fuera de los muros del palacio. Ahí encuentra un anciano, luego un hombre enfermo, luego un cadáver, y finalmente a un monje.

En ése momento fué que Siddharta se dio cuenta de que el sufrimiento era una parte inevitable del mundo humano. Él decidió, entonces, emprender un largo proceso de meditación para poder explorar la verdadera naturaleza de ése sufrimiento. Él juró continuar la exploración de ésa verdad a cualquier costo hasta que le fuera totalmente revelada. Finalmente, luego de años de peregrinaje, ayuno y meditación, Siddharta se sentó debajo de un árbol sagrado, y cuando la primera estrella asomó en el cielo, se convirtió en Buda, (el único que es conciente o que ha despertado).

Luego de su iluminación, el Buda comenzó a enseñar lo que el describió como Las Cuatro Nobles Verdades.

  • El mundo ésta repleto de sufrimiento. Esencialmente lo que él está diciendo es, por supuesto, que si nosotros nacemos como seres humanos, entonces una cierta medida de pena y dolor será nuestro legado.
  • Las cosas que nosotros queremos, morirán.
  • Las cosas que nosotros guardamos como valiosas, nos serán quitadas. Las personas que amamos y en las que confiamos, en algunos momentos nos podrán hacer daño en forma intencional o no.
  • Las cosas que nosotros creemos permanentes o inviolables, se desvanecerán, o se desvirtuarán, o desaparecerán. Y ésa es la naturaleza, dijo, de todas las cosas.

Entonces, nacer y sentir pena no es un error, no es una injusticia, no es incluso necesariamente un trauma que va a inducir a una determinada subsecuente patología. La pena es, de hecho, simplemente uno de los legados de nacer y de ser un ser humano. No puede ser evitado, sino justamente esperado.

El Buda dijo que, en algún momento de la vida, recibiremos diez mil alegrías y diez mil tristezas. Lo que eso significa es que el dolor o la tristeza puede aparecer de múltiples formas, alguna vez con la forma de hambre, o pobreza, algunas veces en forma de guerras o pestes, sequía o racismo, violencia familiar, o nazismo, o apartheid . Los modos en que la pena y el duelo pueden entrar en nuestras vidas son infinitos e inevitables, aún necesarios. Son “necesarios” no en el sentido de ser algo bueno para nosotros, ni tampoco eso significa que “si un poco de sufrimiento es bueno para ti , mucho sufrimiento va a ser realmente mejor para tí”; sino en el sentido de que sufrimiento y alegría son como la expansión y contracción de nuestro corazón y pulmones, como el ritmo mismo de la tierra, como el movimiento de las estaciones, es una parte natural de lo que significa estar vivo y despierto. La alegría y la tristeza, son dentro de ése ritmo continuo necesarias e íntimas compañeras nuestras.

Y eso corresponde para aquellos que han crecido en una familia de alcohólicos o para aquellos que han sido abusados o abandonados o heridos cuando eran pequeños. No fue exclusivamente la culpa de la familia abusadora el motivo de porqué el niño experimentó sufrimiento. Éste niño en particular pudo no haber vivido guerras, o pestes, o hambre, o pobreza o leucemia; éste chico recibió su porción de dolor en la forma de tener una familia abusadora. De acuerdo a Buda, es justamente porque hemos nacido el porqué de vivir situaciones que nos provoquen dolor. La familia simplemente le otorga una forma peculiar, un sello particular a la forma de ése dolor.

Las formas del dolor pueden cambiar, pero el hecho de tener que atravesarlo, no.

Buda hizo una distinción muy importante y útil, que yo creo que como terapeutas, muchas veces no tenemos en cuenta en nuestra práctica. Y es la distinción entre dolor y sufrimiento. Buda decía que la pena es inevitable. La pena es parte del trato. Sin embargo, Buda decía que el sufrimiento nace de la relación que establecemos con el dolor que recibimos. Si yo he recibido malos tratos a través de mis padres siendo muy pequeño, eso es dolor. El sufrimiento sobreviene si yo creo haber sido mutilado, disminuído y maltratado, por no haber sabido que hacer con mi dolor cuando yo era pequeño y ellos mayores , o siento que mi confianza o seguridad se me fue quitada, entonces resuelvo que a partir de ahora nunca más podré confiar en alguien o en algo.

Pero al mismo tiempo Buda dice: “Todos son Buda”.

Cada uno de nosotros tiene dentro una naturaleza Buda: una naturaleza que es fundamentalmente perfecta e intachable. Hay una luz como en el cristianismo, una luz interna e innata, de una natural perfección que no es diferente a la luz de Jesús cuando exhortó a sus seguidores: “Ustedes son la luz del mundo”.Cuando Buda dice cada uno tiene una naturaleza Buda, significa que poseemos un fragmento inextinguible del fuego divino, que arde en nosotros, a pesar de las circunstancias. A pesar de lo que nos toque, a pesar de cómo sea eso para nosotros, a pesar de cuantas dificultades y dolor experimentemos, hay algo fidedigno, resiliente, grabado de verdad dentro nuestro, algo que va a contrarrestar el peso de lo que nos sea dado.

Y eso es la naturaleza Buda, el reino de Dios, esa quietud, ésa vocecita, esa luz interior, ésa cualidad sin nombre, ésa completud, sobre la que nosotros construimos nuestro mundo interior. Ese ser interior, ésa verdadera naturaleza que no se quiebra por haber recibido sufrimiento. Porque si así fuera, entonces la raza humana se hubiera extinguido miles de años atrás, porque, desde que los seres humanos habitan la tierra, la gente ha sido afectada por guerras y pestes. Y esto demuestra claramente que el ser humano está capacitado para sobrellevar insospechados niveles de dolor y tristeza. Me gustaría sugerirles como terapeutas, como clínicos, como sanadores, como personas que acompañan a aquellos que sufren, que la alianza que nosotros hacemos cuando comenzamos una relación terapéutica es con esa capacidad, con aquella chispa ininterrumpida de espíritu fundamental y divinidad. Esa es nuestra alianza más profunda.

Algunas veces sin quererlo hacemos nuestra alianza con el diagnóstico. Me gustaría hablar de este error porque creo que es fundamental para el entendimiento de la naturaleza del sufrimiento y la naturaleza de la sanación.

La primer pregunta que nos hacemos ante una situación dolorosa en cualquier momento de nuestras vidas es “¿por qué a mi?, ¿por qué a mi?”. Solo nos hacemos esta pregunta ante el dolor. Si ganamos la lotería no nos preguntamos “¿por qué a mi?” ¿qué hice para merecer este dinero? O si estamos cansados, o contentos, no nos surge una profunda introspección para tratar de entender por qué esta felicidad ha llegado a nosotros; o por qué nos sentimos cansados: “mira aquellas personas de allá, no parecen cansados. ¿Que he hecho yo para merecerlo? La pregunta en primera instancia parece tonta.

Pero el sufrimiento parece ser algo diferente. Lo tomamos muy personal, como si tuviera algo que ver con nosotros. ¿De donde sacamos esta idea? Es relativamente simple descubrir su desarrollo. Una de las primeras cosas de las que nos damos cuenta sobre el mundo cuando somos pequeños y estamos en pleno desarrollo es que cuando estamos mojados, alguien nos cambia el pañal. Y luego nos damos cuenta que cuando lloramos, alguien aparece para ver qué es lo que esta mal. Y que cuando sonreímos y hacemos un gesto gracioso algún adulto nos hace otro gesto gracioso. La lección es simple “básicamente, estoy a cargo de la galaxia desde lo que yo sé”.

Así es como nace el sentido de omnipotencia. Yo hago A y el mundo hace B. Yo sonrío, ellos sonríen. Yo lloro, ellos aparecen. Estoy mojado, me cambian los pañales. Lloro y me alzan. La galaxia responde a cada uno de mis pensamientos y a cada uno de mis movimientos. ¡Es genial!

Pero el verdadero problema aparece, años después, habiendo hecho esta exquisita observación sobre la naturaleza de las cosas, cuando: ¿Como pienso, siento y me comporto cuando alguien me viola? ¿O que sucede cuando me lastiman? ¿O cuando se emborrachan y me dejan solo por horas, o se gritan entre ellos o me hacen daño? Entonces, tengo que descifrarlo:

“¿Que hice yo que provocó que eso sucediera? Entiendo la naturaleza de las cosas, hago A y el mundo hace B, yo sonrío, ellos sonríen, estoy mojado y me cambian el pañal. Ahora, hago X y me golpean. Hago Z y me violan de algún modo íntimo e inexplicable.

Así que ahora trato de averiguar ¿que está mal en mí que me ha traído este sufrimiento? ¿Que mal pensamiento tuve que me trajo esto? O ¿qué toxicidad, discapacidad, fragilidad, que patología tengo en mi cuerpo que invito o creó este sufrimiento? Esto puede convertirse en una peregrinación para el resto de mi vida – para descubrir, diagnosticar, y erradicar aquello que esté cargando que me haga sufrir. Pero el Buda dice, “En realidad, tú sabes que no tiene nada que ver contigo”.

Hasta Jesús dijo, “en este mundo debes tener amargura”. El dolor es parte del trato. Posiblemente el daño que ellos te causan tiene más que ver con la ignorancia y torpeza que con cualquier otra cosa que nosotros hallamos podido decir, o pensar, o hecho. Tal vez este sea simplemente un modo en que aparece el dolor en esta vida.

Pero si yo creo convencido de que se trata de mí, entonces pasaré mi vida tratando de descifrar por qué me sucedió y qué esta mal en mí a causa de ello. Y luego escribiré un libro sobre eso- el DSM-IV. El DSM-IV fue escrito por mucha gente, entre ellos psicólogos, muchos de ellos criados en familias como estas, que ahora se han dado cuenta de cada una de las cosas que pueden salir mal, lo cual en sí es muy impresionante. Pero me gustaría sugerir que es fundamentalmente, inintencionadamente, e insidiosamente violento rotular a alguien por lo que está mal con él.

Tú eres la luz del mundo. Estás saturado con la naturaleza Buda. Hay una perfección natural, fundamental, innata, una chispa de lo divino que se encuentra dentro tuyo y que no podrá ser extinguida por tu dolor. Tus penas no son necesariamente patológicas.

No encontramos “la luz del mundo” en alguna parte del DSM-IV. Pero cuan grandioso seria si el libro fuera lo suficientemente extenso para contener nuestras penas y alegrías, nuestro dolor y resiliencia. Cuan maravilloso sería si no tuviéramos que buscar el diagnóstico exacto, a fin de que el terapeuta reciba su pago. Porque todo el sistema esta manejado por diagnósticos que, fundamentalmente dicen “a nadie se le paga hasta que no sea descubierto que es lo que está mal en mi”. Yo querría sugerir que este sistema es fundamentalmente tan abusivo como el trauma original que causo la necesidad de establecer una relación sanadora.

El Buda dijo que la mente es naturalmente pura y radiante. En la Dzogchen tradición del Budismo, hay un lugar llamado Rigpa, una perfección natural en la que estamos inmersos. Si miramos el cielo y vemos las nubes, podemos ver eso, que las nubes atraviesan el cielo pero no confundimos el cielo con las nubes. Las nubes simplemente aparecen y desaparecen, como todas las cosas, como las diez mil alegrías y los diez mil dolores.

Aunque a veces obstruyan nuestra clara percepción del cielo, el cielo no se ve disminuido por las nubes que pasan frente a el. Del mismo modo, ésta implacable naturaleza- Buda, esta luminosidad, no se ve disminuida o dañada por las circunstancias dolorosas de la vida.

Algunas veces los nombres de los diagnósticos nos hace más pequeños. Necesitamos llamarnos a nosotros mismos con un nombre lo suficientemente grande para contener tanto las diez mil alegrías como las diez mil tristezas, para contener esta luminosidad fundamental. Y necesitamos aliarnos con el nombre más profundo, uno que refleje la verdadera naturaleza de esa persona que vive en nosotros.

Hay una parábola Budista que dice, “si tomás una cucharada llena de sal y la échas en un vaso de agua, lo mezclas y lo bébes, el agua sabrá bastante amarga por la sal. Pero si tomas la misma cucharada de sal y la hechas en un lago ancho, claro y puro cerca de una montaña y luego bebés un trago de esa agua, no sentirás la sal.” Lo central de la parábola es que el sufrimiento no es causado por la sal sino por la pequeñez del contenedor.

Lo que el Budismo, y yo agregaré, es que lo mejor que el Cristianismo y Judaísmo proponen es que todo lo que hagamos para la sanación tendría que ayudar a hacer más grande el contenedor de modo que podamos sobrellevar más que las diez mil alegrías y las diez mil tristezas de las que el Buda habla.

Share Button