Armados ante la pérdida y el dolor


La luz del sol invade las ventanas, se cuela en los sillones, las paredes, en cada ambiente, y todo parece aún más blanco.

El color no es mera casualidad.

“Hay un viejo mito: muchos asocian el dolor y la muerte con espacios oscuros, lúgubres. La gente piensa que estamos todo el tiempo llorando. Y la verdad es que en la terapia de grupo hay personas que lloran, otra que se matan de risa, alguien que cuenta una fantasía, una que le aconseja a otra que salga…”, dice Diana Liberman, fundadora de Duelum, el primer centro profesional de la pérdida y el duelo en la Argentina.

Hace diez años, cuando la terapeuta comenzó a investigar sobre el duelo, en nuestro país había muy poca bibliografía y, además, era un tema tabú. Movilizada por un fuerte deseo de ayudar a los demás ante la pérdida de un ser querido, Liberman viajó a los Estados Unidos y Canadá, donde existen centros, grupos, material científico y especialistas que están trabajando en esa área desde hace mucho tiempo.

“Ellos tienen desarrolladas cosas increíbles; aprendí muchísimo. Conocí al psicoterapeuta y psiquiatra norteamericano Robert Neimeyer; profesor de la Universidad de Memphis, que es mi mentor y un referente importante en mi modelo de trabajo. Al regresar puse en marcha lo que sentía que podía hacer, y en 2003 abrí las puertas de Duelum”, cuenta la psicóloga, psicoterapeuta familiar y autora del libro Es hora de hablar del duelo, publicado recientemente por Editorial Atlántida.

En ese primer piso cálido y luminoso de la Avenida Libertador 5190, en Belgrano, Diana Liberman recibe a La Nación para hablar de un tema que muchos prefieren evitar y acerca del cual la mayoría, en algún momento de la vida, quiere saber:

  • ¿Qué es el duelo?
    • Es un proceso que se pone en marcha apenas ocurre una pérdida y tiene una duración que es muy personal. Dicen que para el duelo “no hay calendario”, pero si se trabaja, puede durar entre uno y tres años. Trabajar significa pasar por todas las etapas, hasta llegar a sentir que uno hizo el proceso final y que puede seguir con su vida. Por supuesto que distinta de cómo era antes, porque si la pérdida es significativa; ya nada es igual, pero, al menos, se consigue una buena calidad de vida: recordando al que no está, incorporándolo a su vida y armando proyectos nuevos.
  • ¿Cuáles son las etapas de este proceso?
    • Los períodos van fluctuando. En un primer momento la gente pasa por un estado de shock o sensación de confusión, de irrealidad, no entiende qué le está pasando. Es una defensa frente al impacto de la pérdida.

      Después viene una etapa de búsqueda. Cuando uno pierde a alguien que quiere mucho, lo primero que hace es buscar lo que perdió. Porque por más que hayas visto con tus ojos que no está, no te conformás. La búsqueda aparece en situaciones muy sutiles, como soñarlo, verlo, olerlo. En ese período la gente no está tan mal porque tiene esperanzas.

  • ¿Y luego?
    • Llega la desesperanza y la desorganización. Es la etapa más ruidosa dentro del duelo. La gente está enojada, tiene miedo, quiere estar sola, acompañada, nadie la entiende, tiene pérdida de peso, insomnio, dolores físicos, emocionales, siente culpa. Produce ese caos saber que el otro no va a volver y que uno tiene que seguir viviendo. La familia y el terapeuta tienen que ayudarlo, acompañarlo. Por ahí no ha llorado antes, pero empieza a llorar en ese momento.

      Después de que se trabajan esos sentimientos, se entra en una etapa de organización. Uno empieza a hacer cosas incluyendo la ausencia del otro. Mi vida ahora no es igual y entonces tengo que ver qué de mi vida anterior puedo seguir poniendo en marcha- actividades, hobbies, trabajo- y qué cosas tengo que cambiar. La gente dice: “Ahora puedo darme cuenta de que tengo que hacerme cargo del banco, atender a mis hijos, hacer una reunión familiar”.

  • ¿La terapia es individual o grupal?
    • El paciente viene una vez por semana a su terapia y cada quince días a las grupales, para compartir experiencias. La idea es que los demás vean que esa persona estuvo como ellos y ahora esta caminando sola y bien. Eso es fortísimo, es más que el libro, que una terapeuta. Nosotros no funcionamos como bastones, sino como proveedores de recursos. El objetivo es potenciar los recursos del otro y ofrecer algunos nuevos.

      Cuando se recibió de psicóloga, Liberman comenzó como terapeuta de niños; después, de parejas y de familia. Hasta que se dio cuenta de que una vivencia muy dolorosa, ocurrida en su niñez, la llevó a indagar en el tema del duelo: “yo no sabía por qué quería trabajar el tema, hasta que hice un clik; cuando era muy chica perdí a un sobrino, primogénito de la familia, y lo viví como pude. Cuando empecé a trabajar con pérdida de hijos supe que podía ayudar a los demás y a mí misma, que la muerte es parte de la vida, no es otra instancia, y que el desafío de crecer es enfrentando el dolor y poniendo en marcha nuestros recursos”.

  • ¿Cómo viven los adolescentes el duelo?
    • Ellos tienen otros tiempos. En adolescentes sanos, los duelos se resuelven más rápido. La adolescencia es una etapa conflictiva. Si una pérdida importante sucede en ese período crea complicaciones. Pero esto no va acorde con el pedido de ayuda. Si tienen la posibilidad de contar lo que les pasó y de tener la contención de sus pares, familiares y maestros, los chicos tienen mucha posibilidad de recuperarse bien.

  • ¿El libro nace por necesidad de contar estas experiencias?
    • Sí, quise transmitir una experiencia positiva y compartir los testimonios de personas que pasaron por este proceso y se dieron cuenta de que hay otras cosas que valen la pena. Perder físicamente al otro no significa perderlo dentro de vos, con lo que vos viviste. Quizás el otro que no está puede ayudarte a vivir esta vida. No necesariamente tenés que quedarte pegado a la ausencia, sino que puede ser el motivo para vivir. Darle vida y tener la memoria del otro es no matarlo por segunda vez.

      Lo que realmente me gusta es ayudar a la gente a creer en la vida, que sienta que tiene otras posibilidades. Cuando veo a alguien que llega desahuciado y un día lo veo irse súper bien, siento que vale la pena.

  • Muchos escritores dicen que al terminar de escribir un libro, sienten un vacío. ¿A usted le pasó?
    • No, porque en verdad no soy escritora. Yo siento que soy una terapeuta transmitiendo una experiencia terapéutica. Me siento muy feliz de haberlo hecho. En realidad es una pérdida con ganancia. Hay mucha gente que no conocía y que me dice: “Tu libro me ayudó”. Eso es muy fuerte porque le da sentido a lo que hice.

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